domingo, 27 de marzo de 2011

Para antes de dormir, uno de Perrault

Acá viene una entrada bieeeeen larga, tomen un café o un refresco y dispónganse a disfrutar de uno de mis cuentos de hadas favoritos. Es una historia de Perrault, una versión bastante apegada a la original y de esas que Disney no se atrevería a convertir en un largometraje, la princesa de este cuento es muy peculiar. 
Decidí compartirlos con ustedes simplemente porque soy una amante de los gatos =^-^= Ojalá que lo disfruten.


La gata blanca


Había una vez un rey que tenía tres hijos. Todos eran muy guapos, inteligentes y valientes, por lo cual el rey no sabía quién de ellos lo sucedería en el trono.

Un día los llamó y les dijo que pensaba dejar el trono al que en el término de un año le trajera un regalo, al perrito más lindo. Los príncipes se pusieron en marcha enseguida. Nosotros seguiremos las peripecias de más joven.

El príncipe recorrió´ el mundo y vio muchos perros, pero ninguno le parecía bastante lindo como para merecer el reino. 

Un día se encontró delante de un castillo tan bello que parecía salido de un cuento de hadas, con pareces de porcelana, techos de cristal y puertas de oro. Golpeó a una de esas puertas y ésta se abrió enseguida. ¡Maravilla de las maravillas!, lo guiaron una docena de manos transparentes que, después de haberlo invitado a entrar, lo guiaron a un estupendo dormitorio, lo lavaron, lo peinaron y lo vistieron con trajes de seda y terciopelo, hasta conducirlo a un estupendo comedor.

En el centro de la sala había una mesa preparada para dos comensales y acurrucada en un sillón estaba una pequeñísima figura parecida a una muñeca; cubierta con un velo negro. Mientras el príncipe la miraba asombrado, la muñeca arrojó el velo y apareció una Gata Blanca muy hermosa, con un pelo que parecía de seda y grandes ojos verdes. El hociquito empero, era muy triste.

- Ten la bondad de cenar conmigo, hermoso príncipe – dijo con una vocecita dulce, un poco maullante – y charlemos.

La cena era deliciosa, y la Gata Blanca muy gentil. El príncipe contó el porqué de su viaje y las dificultades encontradas en la búsqueda de un perrito en verdad extraordinario, luego tomó un licor dulce servido por las manos transparentes y se olvidó de todo.


Desde aquel día, sin ninguna preocupación por lo que sucedía en el mundo, vivió dichoso, en el castillo de la Gata Blanca, entre sus súbditos gatos. Iba de cacería, participaba en fiestas y bailes, y tocaba el laúd. Un día la Gata Blanca le dijo:

- Mi príncipe, mañana caduca el año que tu padre te concedió para llevarle el perrito. Yo sé que tus hermanos los encontraron y son muy bellos.



De repente, el príncipe se acordó de su misión y empezó a desesperarse.



- No te preocupes – le dijo la Gata Blanca - , toma esta bellota: adentro hay un perrito fabuloso.
- ¿Adentro de una bellota? ¿Es posible?
- Si la acercas a tu oído, escucharás sus ladridos.

¡Era verdad! El príncipe exultó; ¡el reino sería del él de seguro! Se despidió de la Gata Blanca y se puso en camino.


Cuando llegó al palacio de su padre, los hermanos mayores habían llegado ya y tenían amarrados por una correa unos perritos magníficos, tan bellos que el viejo rey, llamado a juzgar, se sentía confundido. Entonces el príncipe más joven sacó de su bolsillo la bellota y la abrió.

Adentro, acurrucado sobre un pedacito de algodón había un perrito tan delicioso, tan chico que hubiera podido pasar a través de un anillo y que, cuando el príncipe lo dejó en el piso empezó a bailar con mucha gracia.

- ¡Este perrito es el mejor de todos! - proclamó el rey.

Como en el transcurso del tiempo fijado había perdido los deseos de ceder el trono, añadió:

-Hijos míos, esta sola prueba no es bastante para escoger al futuro heredero y les pido otra más: de aquí a un año tendrán que traerme una tela tan sutil que tendrá que pasar por el ojo de una aguja. La corona será para aquél que me traiga la más bella. 

Los príncipes se pusieron otra vez en camino, esta vez con menos entusiasmo. El más joven corrió enseguida al castillo de la Gata Blanca. 


Las manos transparentes lo lavaron, lo peinaron y lo vistieron con trajes de seda y terciopelo, luego lo llevaron con su ama. La Gata Blanca estaba acostada sobre un cojín de raso. Acogió al príncipe con maullidos de contento y ordenó una cena de cien platillos.


Empezó otra vez para el príncipe la acostumbrada vida feliz con fiestas, bailes y cacerías hasta que un día, la Gata Blanca le dijo:



-Mi príncipe, mañana caduca el año concedido por tu padre para llevarle la tela. Tú lo olvidaste, pero yo por suerte, no. Toma esta caja y regresa a casa. Sé que tus hermanos, con muchos trabajos encontraron telas muy finas, pero estoy convencida que ninguna podrá ser mejor que la que yo misma he tejido para ti.

El joven estaba muy triste de abandonar a la Gata Blanca, porque sentía mucho cariño por ella y le hubiera gustado descubrir el misterio de la extraña criatura: pero al mismo tiempo estaba contento con la idea de tener el reino de su padre, por lo cual montó a su caballo y se puso en camino.


Sus hermanos habían llegado algunas horas antes y empezaban a albergar la esperanza de que él no llegaría, porque no habían olvidado al perrito en una bellota; pero en cuando lo vieron llegar se conformaron.


El rey recibió a sus hijos con gran cariño; luego quiso examinar las telas.



El hermano mayor fue el primero en enseñar la suya. Era ligera como una telaraña y con los colores del arcoíris, tan fina que pasó por el hoyo de una aguja muy gruesa. La del segundo hermano tenía el color del cielo y era casi impalpable.



Ahora era el turno del hermano más joven, que abrió la caja que le había entregado a la Gata Blanca, pensando que en su interior estaba la tela. Pero en la caja había una nuez, entonces la rompió. En la nuez había una avellana. ¡Rompióla también, y encontró un grano de maíz!

Los cortesanos empezaron a murmurar que aquello era un chiste de mal gusto, el rey refunfuñaba y el joven príncipe ya se había convencido que la Gata Blanca se había burlado de él. Pero en su interior había un grano de mijo. Con un suspiro aplastó a éste también y por fin apareció una larga tela que medía cien brazos, confeccionada en oro y plata, con bordados de peces, pájaros, flores y mariposas.



Todos quedaron maravillados frente a aquel espectáculo, menos el rey, porque aún no había decidido ceder el trono y ahora pensaba qué nueva prueba podía encargar a sus hijos. Por fin dijo:


-La tela de mi hijo menor es estupenda, por lo que el reino correspondería a él, pero antes de decidir definitivamente, quiero, hijos míos, que ustedes viajen otro año más. El que me traiga la joven más bella y se case con ella, será mi digno sucesor.


Y puesto que los príncipes se veían descontentos, añadió:
-Juro y prometo que, después de esta prueba, cumpliré mi palabra. 


Los tres jóvenes subieron a sus caballos y se fueron. El más descontento era el más joven que habiendo traído el perrito y la tela más bellos, había sufrido más con la injusticia. Pero no ocultaba su alegría de poder regresar con la Gata Blanca.

Lo acogieron con gran contento y dulces maullidos de la Gata, acurrucada sobre el sofá de brocado.


-¿Otra vez aquí sin cetro ni corona, mi hermoso príncipe? ¿Mi tela era quizás peor que las demás?
-No – Contestó el joven -. No es así. Mi padre pretende otra cosa más antes de dar el reino.
-¿Y cuál es?
-Tengo que encontrar una joven, la más bella de todas, llevarla a la corte y casarme con ella.
La Gata Blanca empezó a ronronear.
-No es algo difícil. Ordenaré a mis súbditos ponerse a la búsqueda y verás que lograremos llevar a tu padre la más bella de las bellas. Mientras pensemos en divertirnos. 

Se preparó una cena con doscientos platillos y después el príncipe y la Gata Blanca asistieron a una batalla entre ratones y gatos, en la cual perdieron estos últimos.


Entre una diversión y otra, los días pasaban velozmente y pasó así un año menos un día. El príncipe, siempre más fascinado por la Gata Blanca, no se acordaba de la prueba que tenía que cumplir y cuando supo del asunto, fue como un relámpago en un cielo de verano. 


-Mi príncipe, ¿quieres de verdad llevar a la corte de tu padre a la joven más bella del mundo?
-A mí me gustaría quedarme contigo para siempre, pero al mismo tiempo me gustaría demostrar que puedo obtener el trono.
-Entonces tienes que hacer una cosa: ¡agarra tu 3espada, córtame la cabeza y la cola y tírales al fuego!

El príncipe se quedó horrorizado.
-¡Nunca! ¡No lo haré nunca jamás! ¡No me importa nada del reino, del cetro y de la corona; Gata Blanca, quiero quedarme contigo, para siempre!



Pero la Gata Blanca insistía, afirmándole que todo saldría bien, por fin el príncipe se dejó convencer. Con la mano temblorosa agarró su espada y le cortó la cabeza y la cola, arrojándolas al fuego.


De repente empezó el prodigio. El cuerpo minúsculo sin cabeza empezó a crecer, a crecer, la cándida piel se cayó al suelo y apareció una joven de perfecta hermosura. Tenía la piel de lirio, grandes ojos verdes y el pelo era tan rubio de que parecía de plata. Por la maravilla y la felicidad, el príncipe casi se volvió loco. Y mientras se quedaba inmóvil, para admirar tanta belleza, la sala se llenó de damas y caballeros, cada uno con una piel de gato en la espalda, que se acercaban a la joven, llamándola “Reina Blanquita” y felicitándola por el final del hechizo.


Acabadas estas ceremonias, los dos jóvenes se quedaron solos y todos los misterios fueron revelados. Blanquita era reina de seis reinos, pero a la muerte de su padre, un hada malvada la había transformado en gata (y con ella a todos sus súbditos), porque había rehusado casarse con un rey muy feo y malvado. El hechizo se hubiera acabado solamente cuando un noble príncipe, que la quisiera con su aspecto de gata, hubiera consentido cortarle su cabeza y su cola.

Acabado el cuento, el príncipe preguntó a Blanquita con voz temblorosa:

-Y ahora que has regresado a ser la de antes, ¿quieres casarte conmigo?
-Es la cosa que más deseo en el mundo, príncipe.
Poco después los dos enamorados estaban de viaje, de regreso al palacio real. Esta vez los tres hermanos llegaron al mismo tiempo.


También los otros dos llevaban de la mano jóvenes muy bellas, pero no bastante para competir con la futura esposa del más joven. Y el rey no titubeó al preferir ala joven que hasta unas cuentas horas antes era la Gata Blanca.


-Esta joven es la más bella y a mi hijo menor corresponde el trono.
-Majestad – dijo entonces Blanquita -; no quiero que por mi culpa, usted deje su reino. Yo tengo seis reinos, así que puedo ofrecer dos de ellos a cada uno de sus hijos mayores, mientras que usted puede quedarse con el suyo. A mi esposo y a mí nos alcanzarán los dos que nos quedan.

A estas palabras todos gritaron de gozo, principalmente el mismo rey, feliz de poder continuar su reinado. Se celebraron al mismo tiempo las bodas de los tres príncipes con fiestas inolvidables, después Blanquita y su esposo se fueron a su reino y allá vivieron por largo tiempo muy dichosos.


FIN

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